La Confesión de Merrix

Nunca fui muy social. Lo acepté desde muy pequeño, ni bien fui enviado por mi padre a la Academia de los Doce. Mi ciudadanía como brelanita no me hizo las cosas sencillas en medio de Korth, así que pasaba todos mis días francos encerrado en los talleres de la Academia. Muchos sabían que mi abuelo era el genio creador de los warforged, pero no parecía importarle a nadie. Eran muy pocos los que sabían que en realidad había sido mi padre el que había perfeccionado el procedimiento para imbuir al mismo tiempo libre albedrío y vocación de servicio en los automatones. Sólo yo sabía lo que podía hacerse con ellos si uno dejaba de lado sus escrúpulos.

A estas alturas, supongo que debía ser muy ostentoso. Nunca tuve un amigo en la Academia, pero al menos me las arreglé para que nadie se entrometiera conmigo. Mientras me encargara de llevar a cabo los trabajos y proyectos de artificio de los matones, ellos me dejarían en paz. El aislamiento y la soledad me hacían bien. Casi sin que me diera cuenta de ello, mis estudios habían concluido. No puedo decir que me sorprendiera tener las calificaciones más altas de toda mi generación.

La Guerra estaba en todo su apogeo cuando regresé a Breland a bordo del Unicornio Plateado. Tener una marca realmente tenía sus privilegios en épocas bélicas. Cannith estaba ante una época de gloria como pocas Casas habían conocido. Nuestras arcas estaban repletas, y los gobiernos de las Cinco Naciones se endeudaban sin cesar para adquirir más warforged, armas de sitio, y cualquier cosa que pudiera darles una ventaja en las cruentas batallas libradas en medio de ellas.

Anteriormente ya había conocido a nuestro barón, Starrin d’Cannith. Poco después de mi regreso a Breland, Starrin nos dio la bienvenida junto a otros diletantes de la Universidad Morgrave. “En sus ingenios está el futuro”, dijo en esa oportunidad “el futuro que llevará a Cannith a la posteridad y la supremacía”. Starrin tenía una gran virtud y un gran defecto. La primera era su total entrega a su trabajo, manteniendo una mentalidad abierta a las ideas que pudieran en un inicio parecer totalmente descabelladas. La segunda era un hijo que no se acercaba siquiera a las suelas tachonadas de su uniforme de trabajo. Stanislas d’Cannith era un desastre en todos los aspectos en los que su padre brillaba. Desafortunadamente, Stanislas tenía un magnetismo personal que era muy poco frecuente en los ingenieros Cannith. De alguna manera, se las arreglaba para hacer que los demás quisieran trabajar para él. Afortunadamente para mí, he de decir, sus habilidades sociales tenían poco efecto en mi persona.

Stanislas seleccionó una docena de recién graduados para trabajar en una nueva división de la Casa. “El Pensadero”, lo habían bautizado. Básicamente, se dedicarían a imaginar cosas para que los demás ingenieros se las arreglaran para hacerlas realidad. Una total pérdida de recursos. Un buen artífice no sólo imagina cosas, sino que se las ingenia para diseñar su funcionamiento. Esa docena de “prestigiosos” graduados se dirigirían a Whitehearth, en Cyre. Los demás podríamos, si queríamos, alojarnos en Metrol.

No me uní a ningún grupo. ¿Por qué el máximo talento de la Casa habría de hacerlo? Menos aún cuando la casualidad tocó a mi puerta.

flavor4_d3sithgtEra el año 988 YK. Estaba aún  pensando en la posibilidad de dirigirme a Metrol, cuando fui abordado por un desconocido no muy lejos de mis alojamientos en las Dragon Towers. Casi cubierto por completo de pies a cabeza, el sujeto de presentó a sí mismo como Tezzeret. Según él, pertenecía a la Casa Cannith, pero yo nunca había escuchado hablar de él. Lo único que me dijo es que yo jugaría una parte muy importante en la Casa en un futuro no muy distante. No sé exactamente por qué le creí (aunque de hecho, yo bien sabía lo que el futuro me deparaba), pero sí que congeniamos bastante bien. Me confió un secreto: poseía un brazo artificial, confeccionado de una misteriosa aleación que él llama etherium. Brillante y cromada, él afirmaba que su principal particularidad era la de existir simultáneamente en varias realidades, una de las cuales él había visitado.

Nos frecuentamos durante una época, cuando la guerra aún no se sentía en Sharn. Sin embargo, tras el atentado a la Torre de Cristal, no volví a verlo. Me hizo llegar poco después un manuscrito, una epístola, firmada por un tal Heidar.

Lo que siguió ya es bien sabido. Un par de años después, la sede de la Casa Cannith y su principal laboratorio y taller desaparecerían consumidos por el Lamento en Cyre.

Durante las conversaciones de paz, la Casa se vio envuelta en una campaña política digna del Senado brelanita. Las disposiciones del Tratado de Paz nos obligaba a no volver a producir un warforged. No había representante Cannith que se opusiera.

Fui contactado por el Consejo de Ancianos. Junto a otros dos “dignos herederos”, mis talentos me habían hecho merecedor de un puesto en el gobierno de la Casa. Nunca estuve interesado en las labores administrativas propias de un Barón, pero la posición me daba la oportunidad de seguir trabajando en secreto sin tener que rendir cuentas. Y si los ancianos llegaban a enterarse que en lugar de deshabilitar la Forja de Creación de mi ciudad simplemente la había reemplazado por una maquinaria sin uso, probablemente me enfrentaría a los Tribunales de Korth.

Así que acepté.

602_4gvy0spiah“Te lo dije”, anunció a su regreso Tezzeret. “Y ahora es momento de que trabajemos juntos para traer a Eberron una nueva era en la que Cannith recupere su supremacía”. Me preguntó si había sacado alguna conclusión de la misiva que me había encargado. Fuera de los detalles románticos, yo no había extraído ninguna.

Así que me reveló lo que él había descubierto. Las runas a las que el tal Heidar hacía referencia en su carta se encontraban en una cueva olvidada en los bordes del Frostfell. Insistió en que las viera por mí mismo, así que nos teletransportarnos inmediatamente tan al norte como nos fue posible, a los Principados Lhazaar. De allí, un avezado capitán nos ofreció su barco para la peligrosa expedición a cambio de una pequeña fortuna. Ninguno de nosotros pudo haber vaticinado los horrores que desataríamos, ni el destino al que condenaríamos a la tripulación.

Si tan sólo ese estúpido clérigo no hubiera mantenido en secreto la misión que lo llevó a buscar el norte…

Tezzeret y yo pudimos regresar a Sharn eventualmente. Mi ausencia no había pasado desapercibida, y las autoridades de la Casa habían investigado a mi compañero. Milo d’Medani había encontrado algo que obligó a los Ancianos a desterrar a Tezzeret, acusándolo de haber seguido usando una Forja de Creación… mi forja de creación. Tezzeret pensó que lo había traicionado. Mientras se lo llevaban a Dreadhold, su boca nunca dejó de maldecirme en nombre del Padre de las Máquinas.

En este punto, mi curiosidad ya había sido encendida sin capacidad de volver a apagarse. El etherium y Phyrexia ocupaban mi mente desde que me despertaba en las mañanas hasta que perdí el conocimiento debido al cansancio unos días después.

Me obsesioné, sin duda. Llevé a cabo mis averiguaciones, y pronto pude encontrar a alguien que también sabía del etherium, y que había acumulado una cantidad importante. Un mafioso, sin duda alguna, al que pude manipular rápidamente ofreciéndole una alianza con el futuro líder de la Casa Cannith. Tras hacerme con una masa de etherium, tendría que dirigirme a un lugar en el que nadie pudiera espiarme, ni siquiera el tan molesto secretario de la Casa, Ludovic Vross. El bastardo parece fijarse en todos mis movimientos.

No sé por qué tomé tanto tiempo en darme cuenta de que el lugar perfecto estaba disponible ante mí. Whitehearth, abandonado hace dos años, tenía todas las instalaciones que necesitaba: talleres, forjas, laboratorios, bibliotecas… incluso almacenes especiales que me permitirían custodiar adecuadamente el etherium.

Voy a iniciar a partir de hoy una investigación cuyos frutos evolucionarán a Khorvaire a una nueva realidad. Una realidad de perfección nunca antes vista, y que nunca será olvidada.

Hoy empezaré a investigar a Phyrexia.

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