Entre el Basilisco y la Pared (Segunda Parte)

…Alapar Macalat tenía el vaso a menos de un centímetro de su boca, pero no lo bebía, estaba recordando, y eso requería concentración. “Para ese momento ya teníamos ubicada Antigüedades Curio, que no era más que un viejo edificio abandonado. Hasta encontramos un guardia afuera, que por otro montón de piezas de oro soltó la lengua y nos contó la rutina, últimas reuniones y helados favoritos de los miembros de la Sombra Envenenada que frecuentaban aquel lugar.”

“Y lo más gracioso es que ni siquiera era un guardia, era Olis Malvekian,”
“¿En serio?” sacudió la cabeza el gurrero como saliendo de un trance, “¿Olis? ¿Olis-queado?”
“El mismo, y no nos ha querido devolver el dinero. ¿Cómo es que nunca te enteras de estas cosas?” dijo el pirata negando con la cabeza y riendo un poco, su primera risa desde que habían llegado al Rincón de Freddy.
“Ya decía yo que me parecía conocido. Pero bueno, para lo que nos sirvió la información, igual no atrapamos a nadie,” y ahora sí tomó su vaso de salasta, secándolo nuevamente. “Y eso que hicimos todo como debíamos: esperamos hasta que diera el tercer día que decía la carta y emboscamos a estos cuatro sujetos en el segundo piso de Antigüedades Curio.”
“Una era una chica,” acotó Alquimio Batros mirando alrededor a la gente del local. Se acababa de dar cuenta de que estaba bastante lleno, bastante más de lo que hubiera esperado para ser mitad de semana.
“Tú sabes que a mí me da lo mismo… jejeje, ¿te acuerdas como reventamos a esos dos de la derecha?” dijo Alapar inclinándose sobre la mesa de forma cómplice, casi botando su vaso y la botella.
“Jajajajajaja… Tiraste a uno contra las cajas y se enredó, no podía levantarse,” Albatros reía ahora sí de buena gana, se estaba animando.
“¡Y cuando Wolfgang se bajó al que trataba de escapar por la ventana!” recordó entusiasmado el viejo soldado, “tanto se lo bajó que lo tiró a la calle. Pobre diablo…” pero entonces guardó silencio un segundo, “pobre warlock,” terminó de decir con la voz triste, el entusiasmo se le había acabado de repente.
Albatros no dijo nada, no había mucho que decir en una situación como esa. Él más que nadie sabía lo que era perder a alguien de su tripulación y se había prometido no dejar que pase otra vez.
“¿Pero cómo es que terminamos en esa cloaca?” rompió el silencio Alapar, como queriendo cambiar de tema.
Albatros tomó aire, lo sostuvo un instante y lo soltó, luego respondió. “Wolfang vio unas figuras moverse en el primer piso, pero para cuando nos avisó y bajamos ya no estaban,” trataba de concentrarse en lo que había pasado para no pensar en todo lo demás. “Creímos que era el resto de la Sombra Envenenada que llegaba a su guarida, por eso cuando vimos la trampilla del primer piso abierta lo primero que se nos ocurrió es que habían escapado por ahí.”
“Y los dibujos en las paredes…”
“Los dibujos estaban desde el principio. Al parecer eran runas.”
“No parecían tunas. Y si pues, podían haber escapado por la trampilla o la calle. Era solo cuestión de tomar un camino. ¿Pero por qué siempre nuestros caminos terminan así?” Alapar empezaba a molestarse otra vez, “y eso que rompiste la trampilla para que no nos encerraran. Pero no contamos con que bajaran las cajas y la mesa del segundo piso para bloquear nuestra salida. ¿No había quedado alguien cuidando?”
“No,” fue lo único que dijo Albatros por unos segundos, como si se repitiera algo a sí mismo un par de veces para recordarlo, solo entonces continuó, “Tanya no bajó con nosotros, pero ella había dicho que los iba a perseguir por la calle.” Finalmente terminó resignado, “nadie se quedó cuidando.”
“Pues nos la buscamos entonces. Aunque quien iba a pensar que no eran las cloacas de la ciudad sino esa ‘complicada red de túneles que interconectaban las diferentes guaridas de la Sombra Envenenada y donde, además, lanzaban a sus enemigos para que el basilisco los convirtiera en piedra o los devorara’”.
“Te la aprendiste de memoria,” dijo el pirata con algo que pareció ser una sonrisa, pero que no le alcanzó. “Pero es verdad, no me esperaba encontrar un basilisco ahí.”
Alapar pareció entonces perderse en su recuerdo. “Esa sí que fue una pelea. Con cada mirada de esa bestia quedábamos peor. Había que ser muy duro para soportar sacarse esa magia de encima.”
“Primero nos frenaba, después nos inmovilizaba, para al final…” Albatros no siguió, se sentía incómodo recordando todo eso.
“Por suerte pudimos acercarnos lo suficiente como para molerla a golpes. No aguantó tanto, aunque se llevó a uno de los nuestros y eso es más de lo que cualquier otro haya logrado hasta ahora.”
“Encontraremos la forma de despetrificar a Wolfgang,” dijo Alquimio Batros sin demasiada convicción, como por reflejo, “no te preocupes, Giff ya está en eso,” pero ni siquiera él se la creyó.

“Y por si eso fuera poco Giff se pone como loco, gritando, pataleando y tirando cosas al piso, cuando regresamos no con uno sino los dos ojos del Basilisco.” El último de los Macalat se recostó en el respaldar de la silla y cruzó los brazos sobre el pecho, resoplando por la nariz, como si no entendiera. Seguro no lo hacía.
“Giff esperaba que le lleváramos una gema o algo así,” explicó Alquimio Batros acomodándose en la silla, ya llevaban un buen rato ahí y quería irse, “un objeto mágico. No le hizo ninguna gracia que le diéramos los ojos del monstruo, con eso al parecer no se puede despetrificar a nadie. Por suerte Olis había copiado las runas cuando entró al edificio, eso pareció calmar a Giff, él cree que pueden ser la clave del misterio.”
“La suerte fue que Olis regresara al edificio y nos sacara de las cloacas, y que se quisiera unir a nosotros creyendo que también buscamos al forma de despetrificar gente.”
“Ahora lo hacemos, de manera indirecta al menos,” se dijo a sí mismo en voz alta el pirata, luego se dirigió de nuevo a su compañero. “Yo lo que me temía es que tuviéramos que mecharnos a Giff. Ese gnomo parece peligroso, y lo pareció mucho más esta mañana.”
“Pero Giff está ahora camino a la torre de Mordain para que lo ayude a descifrar las runas,” dijo Alapar intranquilo, “qué va a pasar cuando se entere de que nunca le dejamos su libro de rituales.”
“Nos va a querer matar. No nos tiene en mucha estima por lo del basilisco, el libro podría ser fácilmente la gota que rebalse al gnomo. No va a ser un buen momento para estar en Sharn cuando regrese…”
“Si regresa…”
“Creo que es hora de abandonar la Ciudad de las Torres,” dijo Alquimio Batros poniéndose de pie, “y conozco el lugar perfecto para desaparecer por un tiempo.” Un nuevo brillo iluminó los ojos del pirata, iba siendo hora de volver a casa.
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